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Es muy común que en casa se presente este problema, mientras que el padre se esmera en brindarle un rico y nutritivo plato de comida a su pequeño este se niegue a consumirlo y por añadidura inicie una rabieta. Ahora lo que debemos entender es que no todo parte de un simple capricho de nuestro hijo, en estas situaciones también juega la madre naturaleza.

Lo que sucede es que los bebés comen en relación a su tamaño, y durante el primer año, los bebés crecen más rápidamente que en ninguna otra época de su vida extrauterina, es por ello que la ingesta de alimentos en esta etapa es alta. Sin embargo a partir de esta edad en adelante comienza la disminución de la velocidad de crecimiento y con ello la negativa del niño de querer comer lo que le damos. Ante esto si los padres no están bien informados comienza la frustración desde pensar que su hijo está enfermo o pensar que es un capricho del niño. Esta situación no queda ahí porque cuando el niño cumple los dos años, el padre esperara que su hijo injiera más comida que cuando tenía un año, pero esto no sucede ya que en general en el proceso de hacerse adultos, uno tiende a comer menos. En términos generales hay momentos donde el niño repunta su apetito y momentos donde se estanca nuevamente, esto corresponde al estadio en la curva de crecimiento en la que se encuentre el niño.

Entre los 3 y 4 años el niño pasa por un estancamiento en la curva de crecimiento, y con ello aumenta la negativa a querer comer todo lo que le pongamos en el plato, pero en general pasando los 5 y 6 el niño aumenta su tamaño corporal y con ello aumenta su apetito.
Hay que entender que la cantidad de alimento que cada persona necesita es muy variable, incluso los niños de una misma edad y tamaño tiene diferencias en sus necesidades de ingesta de alimentos, y por ello es importante respetar la sabiduría natural de los niños frente a sus necesidades fisiológicas. Así mismo, es importante acudir al médico para que él nos indique si la negativa del niño corresponde a un orden natural o si existe alguna patología de por medio.

Ahora  bien algo que va a jugar un importante papel para que esto se torne un problema son el tipo de expectativas que los padres tienen sobre lo que deben comer sus hijos. Si los padres no conocen lo antes mencionado en principio tendrán exceptivas irreales y equivocadas de lo que deben comer sus hijos, y con ello comenzaran a presionarlos a comer. Cuando esto sucede el niño puede experimentar  embotamiento y acompañado con los posibles gritos de los adultos, el niño asociará la ingesta de tal o cual alimento sensación de incomodidad estomacal y/o con la mala cara o grito de su padre, lo cual por condicionamiento hará que la próxima vez que le ofrezcamos ese alimentos lo rechace aun cuando en esta ocasión el si tiene el apetito para consumirlo.

Lo que debemos hacer por el contrario es generar que la hora de alimentación sea divertida, en donde él pueda participar desde poner la mesa hasta participar de la preparación de algunas comidas. Recuerda que el niño debe alimentarse en las porciones adecuadas a sus necesidades y que debes introducirlo a una gama de sabores y texturas variadas constantemente y en pequeñas porciones. Debemos siempre estar conscientes que ellos copiaran nuestros hábitos alimentarios también, así que ¡a dar el ejemplo!

Ps. Isabel Solis Deza.
Psicologa Clínica- Psicoterapeuta.
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